jueves, 11 de enero de 2018

Matrimonio y divorcio (Parte cuatro).



“No es bueno que el hombre estè solo”
(Gènesis 2:18).

Un matrimonio se realiza por amor. Lo que NO nos han enseñado o NO hemos entendido es que el verdadero amor es primeramente: “Sufrido” (1ª Corintios 13:4). Cuando en público nos preguntan: ¿Estàs “dispuesto”… en lo malo, la pobreza o en la enfermedad? Quien responda “SI”, pero por dentro no quiera “sufrir”, simplemente està allì por motivos falsos.

El divorcio, como ya vimos, lo que implica es primeramente “egoismo”, pues la idea principal es: “Yo estoy mal y la otra persona es la culpable, por lo tanto me tengo que separar de ella para ser feliz”. Pero lo que no se prevee es el daño que el divorcio causa, o quizàs, la desesperación llega a tal grado que no llegan a  importar las consecuencias. Aùn si no hay hijos en el matrimonio se pueden sufrir consecuencias graves (inseguridad, baja autoestima, temores, quebrantos de salud, amargura, libertinaje, autocompasión o victimización). Y, si los hay, èstos sufren daños profundos, que muy difícilmente son superados (todo el tiempo están pensando que lo que sucede es por culpa de ellos; o, que ellos, son los responsables por las cosas negativas que sucedieron; otros, y no son pocos, viven en ansiedad y frustración al intentar juntar de nuevo a sus padres sin resultados positivos pues no comprenden el grado de daño y ofensa que causò la ruptura). La escritura es clara al decir que si soportamos los embates del matrimonio, estamos “santificando” a todos en la familia (1ª Corintios 7:14). ¿Acaso, esa santidad, es poca recompensa?


Señor: Danos un honesto celo por tu casa.

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