“No es bueno que el hombre
estè solo”
(Gènesis 2:18).
Un matrimonio se realiza por
amor. Lo que NO nos han enseñado o NO hemos entendido es que el verdadero amor
es primeramente: “Sufrido” (1ª Corintios 13:4). Cuando en público nos
preguntan: ¿Estàs “dispuesto”… en lo malo, la pobreza o en la enfermedad? Quien
responda “SI”, pero por dentro no quiera “sufrir”, simplemente està allì por
motivos falsos.
El divorcio, como ya vimos,
lo que implica es primeramente “egoismo”, pues la idea principal es: “Yo estoy
mal y la otra persona es la culpable, por lo tanto me tengo que separar de ella
para ser feliz”. Pero lo que no se prevee es el daño que el divorcio causa, o
quizàs, la desesperación llega a tal grado que no llegan a importar las consecuencias. Aùn si no hay
hijos en el matrimonio se pueden sufrir consecuencias graves (inseguridad, baja
autoestima, temores, quebrantos de salud, amargura, libertinaje, autocompasión
o victimización). Y, si los hay, èstos sufren daños profundos, que muy
difícilmente son superados (todo el tiempo están pensando que lo que sucede es
por culpa de ellos; o, que ellos, son los responsables por las cosas negativas
que sucedieron; otros, y no son pocos, viven en ansiedad y frustración al
intentar juntar de nuevo a sus padres sin resultados positivos pues no
comprenden el grado de daño y ofensa que causò la ruptura). La escritura es
clara al decir que si soportamos los embates del matrimonio, estamos
“santificando” a todos en la familia (1ª Corintios 7:14). ¿Acaso, esa santidad,
es poca recompensa?
Señor: Danos un honesto celo
por tu casa.
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