“Tengan cuidado de su manera
de vivir”
(Efesios 5:15).
¿Nos hemos declarado alguna
vez, hijos de Dios? ¿Le hemos confesado a èl y a los hombres que somos
creyentes? ¿Estamos haciendo la lucha por dejar la antigua forma de vivir? Si
es asì, entonces somos sus hijos, parte de aquellos que fueron predestinados
desde “antes” de la fundación del mundo (Efesios 1:4).
Si cuando èramos niños, para
no ser rechazados por la sociedad, nuestros padres terrenales nos corregían y lo
miramos con buenos ojos y hasta lo agradecemos. ¿Por què nos extrañamos que
para una misión mucho màs importante, como lo son las metas espirituales, Dios
nos corrija (instruya)? Muchos, en lo espiritual anhelamos un lugar de
eminencia, pero lamentablemente no todos queremos pagar el precio para estar
allì. El precio por la salvación es “cero”, porque el precio de sangre lo pagò
Cristo por nosotros. Pero, el precio por los lugares de eminencia, ese sì que
nos toca pagarlo a nosotros. Muchos queremos estar detrás de un micrófono
dirigiendo a las masas, pero pocos queremos invertir tiempo, dinero y esfuerzo
para prepararnos en un Instituto Bìblico. Muchos queremos ser dirigentes
espirituales, predicadores, maestros, profetas… pero, pocos queremos estar a
solas con Dios un buen tiempo cada dìa para orar, para interceder, para conocer
lo que hay en su corazón y que quiere decirnos y decir a su pueblo. Todos
queremos saborear la gloria de Dios, pero ninguno queremos sufrir, tener pruebas, pasar angustias, tener
necesidades y limitaciones económicas, nos resistimos a pasar las pruebas…que son
el precio. Pero se nos olvida que nadie llega a ser un profesional si no gana
todos los exámenes en la universidad.
Señor: Danos un honesto celo
por tu casa.