“Pero Sara, Rebeca y Raquel eran estériles”.
(Génesis).
Una de las situaciones más tristes en un matrimonio es
no poder “procrear” hijos. Pues fue y es la orden de Dios para la
multiplicación de la raza humana, siendo también una de las bases del
matrimonio (Génesis 1:28). Es por ello que siempre, como creyentes, nos
opondremos a matrimonios homosexuales y lésbicos, pues no cumplen dicho
“estatuto”.
Quizás ahora entendemos el por qué los padres aunque
amamos mucho a nuestras hijas mujeres, queremos tener también un hijo varón,
pues será quien lleve nuestro “apellido”, será quien “preserve” la existencia
de nuestra descendencia (Génesis 15:3y17:8). Una mujer al casarse pierde esa
descendencia al cambiar su apellido por el del esposo (en ciertos lugares
literalmente la mujer adquiere inmediatamente el apellido del esposo, y a no
ser que enviude nunca más es reconocida con el apellido del padre), mientras
que el hijo hombre siempre lo transmite. No se trata de “orgullo” ni de
“machismo” se trata simplemente, como dice la escritura… de “mantener” la
descendencia. En lo material, cuando uno funda una empresa quiere que esa
empresa sea heredada por sus hijos, y que éstos se la dejen a sus hijos (y esto
no es nada nuevo ni creado por hombre alguno), al menos era el pensamiento de Dios
hacia nuestro Padre Abraham (Génesis 15:4). Tener un hijo varón como
descendencia es un regalo de Dios del cuál debemos estar agradecidos. Repetimos,
esto no es “machismo ni orgullo”, se trata simplemente de “preservar” la
descendencia como dijo Dios y como lo hizo Dios, su “descendencia” era un Hijo varón
(Cristo y estar en Cristo; Isaías 11:1 y Mateo 1:21). Nuestras hijas deben ser
tan amadas, protegidas y hasta deben recibir herencia material al igual que un hijo
varón.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.