“Estimada es a los ojos de
Jehovà…”.
(Salmo 116:15).
La muerte, es quizás uno de
los màs grandes temores del hombre… y màs, de aquellos que no conocen a Dios.
Pues quienes hemos tenido el privilegio de sì conocerle, sabemos que la muerte
no es un final sino el principio de gozar sus promesas eternas (Mateo 19:29).
La escritura nos muestra en
dos o tres ocasiones, còmo, Dios le avisa a sus santos el tiempo de su partida
(Aaròn: Nùmeros 20:24; Ezequìas: 2ª Reyes 20:20). El apóstol Pedro testifica:
“Sè que en breve, he de abandonar èste cuerpo, pues el Señor me lo ha
declarado” (2ª Pedro 1:14). Pero a otras, las recompensa en público por lo que
han hecho en lo privado (Mateo 6:6). Hace unos días nos enteramos de la partida
a la eternidad de un hermano Pastor, al cuàl amamos, respetamos y con quien
tuvimos la oportunidad de participar en su ministerio (pues vivìa para y no del
ministerio). No tenemos conocimiento si el Señor le había anunciado su partida,
pero de lo que sì fuimos testigos es que cuando el Señor vino por su alma, èl
estaba “hincado a los pies de su cama orando”. Tan sòlo nos hizo recordar
aquellas hermosas palabras de exhortación de Cristo: “Bienaventurado aquèl
siervo bueno y fiel, al cuàl, cuando su Señor venga, lo encuentre haciendo lo
que le mandò hacer” (Mateo 24:46).
Señor: Danos un honesto celo
por tu casa.
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