"Los ojos altivos, el corazón orgulloso y la lámpara de los malvados son pecado".
(Proverbios 21:4).
"Haya pues en vosotros, el mismo sentir que hubo en Cristo, quien siendo igual a Dios, no se aferrò a ser igual a Dios, sino se humillò haciéndose hombre" (Filipenses 2:5). ¿Entendemos ahora por què es que Dios aborrece al altivo y al orgulloso? ¿Quiènes somos nosotros comparados con Cristo?
Nosotros somos simples mortales, seres con muchas o casi todas las limitaciones posibles delante de un Dios tan grande, lo único que nos hace tener valor es su vida dentro de nosotros. Pero lo cual no implica que miremos con desdèn a quienes aùn no le conocen personalmente. Nuestra actitud debe de ser de misericordia para quienes aùn no han visto su elección en Cristo. ¿Por què decimos no han visto aùn su elección en Cristo? Pues hemos de saber que el principal atributo de Dios es su "soberanía absoluta", lo que quiere decir que èl tiene el control de todo y de todos, pues èl es el dueño del mundo y de sus habitantes (Salmo 24:1). Y, en esa soberanía èl creò vasos de honra y vasos de deshonra en su reino. Es èl quien decide quièn será salvo y quien no, el libro de Efesios en su primer capìtulo nos lo muestra: "A quienes èl predestino (elegir de antemano) para ser hijos suyos; a ellos redimió (rescatò) del mundo; y nos diò a conocer el misterio (algo oculto al ojo humano) de su voluntad"... e inicia diciendo el capìtulo que esto lo hizo o lo planeò: "Desde antes de la creación del mundo". Por ello, hemos de interceder para que quienes son elegidos por Dios pero aùn no se les ha revelado el misterio, pronto vean esa elección y entren al reino. Pues solamente se entra por la única puerta que hay al reino: Cristo. No hay otro ni otra intercesor ni intercesora delante de Dios por nosotros, pues quien derramò su sangre fue Cristo por designio divino. Darle el mèrito a otra persona es simplemente negar la cruz, negar a Cristo.
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