"El que refrena su boca y su lengua se libra de muchas angustias.
(Proverbios 21:23).
¡Largo de aquì, jamàs volveràs a ver mi rostro! Palabras dichas por el faraòn a Moisès, quien respondiò: ¡Bien has dicho, jamàs volverè a verte! Y, efectivamente, Moisès jamàs volviò a ver el rostro de faraòn pues èste falleciò. Entendamos algo "nuestras palabras tienen poder".
El Apòstol Santiago (que es el mismo Jacobo, hermano mayor de carne de Jesùs, vea Mateo 13:55 y Hechos 15:13), nos habla del poder de la lengua, y nos lo explica con una paràbola como lo hacìa su hermano y mentor, Jesùs. "La lengua es como el timòn de un barco" (Santiago 3:4), es decir, una pieza muy pequeña pero poderosa. Luego nos la hace ver como un pequeño fuego pero que es capaz de quemar un bosque completo. Otro ejemplo del poder de la lengua lo vemos en Job cuando expresa: "Todo lo que màs temìa, me sobrevino; todo lo que me asustaba, me sucediò" (Job 3:25). Tenemos que entender que nuestra forma de hablar tiene que cambiar para que la atmòsfera en la que vivimos cambie. No podemos estar dando declaraciones negativas y esperar que nuestro presente o futuro sea positivo. Ciertamente, no podemos declarar lo que Dios no nos ha dicho que declaremos, pero tampoco podemos vivir la vida pesimistamente. Dios quiere un equilibrio, y ese equilibrio viene de estar a los pies de nuestro Señor Jesucristo. Tenemos que confesar con optimismo para nuestra vida, sin llegar a querer retorcerle el brazo a Dios declarando lo que no sucederà jamàs porque no està en sus planes y propòsitos; pero no podemos ir negativamente por la vida, pues ese es el otro extremo.
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