"Quien cierra sus oìdos al clamor del pobre, llorarà también sin que nadie le responda".
(Proverbios 21:13).
En el medio latinoamericano tenemos una expresión que ha ayudado a que torzamos la definición entre un pobre y un necesitado. Cada vez que alguien se cae; que a alguien le quitan el trabajo; que se accidenta, etc. decimos: ¡Ay, pobre! Así, comparamos una situación desagradable con una situación permanente de las personas.
El dìa que entendamos y lleguemos a ver la diferencia estaremos mejor ubicados. Una persona "necesitada", es aquella que ciertamente le quitaron su trabajo; o que tuvo un accidente y por el momento no se puede valer por sì misma; una persona que por un poco de tiempo ha de tener las mismas obligaciones que tiene constantemente, pero que ahora, debido a èstas circunstancias no puede cumplir, y por ello, como creyentes hemos de extenderle la mano para ayudarlo, la abuela a èstas personas les llamaba "pobres vergonzantes" porque pudiendo trabajar se ven necesitados a pedir. Ahora bien, una persona pobre, es aquella persona que no tiene oportunidad alguna, que no tiene una educación que le permita salir adelante, que no tiene parientes que le extiendan la mano, en otras palabras, es una persona dependiente de los demás, pues no puede valerse por sì misma. Ellos son los que encontramos en la calle extendiendo su mano para recibir lo que la providencia les brinde. La escritura ciertamente nos llama a ayudar a ambos, pero para poder ayudar antes tenemos que tener con què ayudar, hay un concepto precioso que hemos aprendido en la iglesia, y es que, lo que no se aprende por "revelación" y està en el corazón de Dios para nosotros, lo tendremos que aprender por "trituración". En palabras del diario vivir diríamos: Si no aprendemos a la buena, lo aprendemos hasta llegar al fondo de nuestra condición, pero que lo aprendemos lo aprendemos pues està en el corazón de Dios.
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