“No fuisteis vosotros los
que me enviàsteis aquí”
(Gènesis 45:8).
Josè, el hijo preferido de
Jacob. Aquèl joven que habiendo recibido sueños de parte de Dios, se ganó la
antipatía de sus hermanos, al extremo que fue vendido porque lo llegaron a
aborrecer (Gènesis 37:4), por el hecho que exponía las “malas acciones” de sus hermanos
(vea el verso 2).
Aprovechando la primera
oportunidad que tienen, los hermanos de Josè… se deshacen de èl, y lo sacan de
su vista y de la casa. Pero sucede, al pasar los años, que quienes entran en hambre
son ellos y no Josè. Quienes tienen necesidad de auxilio son ellos y no Josè; quienes
se tienen que humillar y pedir perdón son ellos y no Josè. En uno de los
capítulos màs emotivos de la escritura, Josè se da a conocer a sus hermanos, y
èste ante el asombro y desconcierto de ellos, les dice: ¡No fueron ustedes, fue
Dios quien me envió aquí” (verso de arriba). ¡Cuàntas veces (en ocasiones por
años) el Señor nos ha hablado de un tema que quiere tratar con nosotros, y
nosotros en lugar de entender, expulsamos de nuestra presencia a quienes han
sido enviados! Hasta que llega el dìa, gracias al amor y la misericordia de
Dios, que entendemos que esas personas a las que llegamos a aborrecer porque
expusieron nuestras malas acciones… ¡las había enviado Dios!.
Señor: Danos un honesto celo
por tu casa.
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