“Amados, no os sorprendàis
del fuego de la prueba”
(1ª Pedro: 4:12).
Cuando estudiamos la
historia del pueblo de Dios, vemos cuàntas veces ese pueblo sufrió
persecuciones, esclavitud, exilio y hasta la muerte por martirio. Acaso el
ejemplo màs reciente lo tenemos con la muerte de seis millones de judíos en el
Holocausto de la Segunda Guerra Mundial en los años 40s. Y, eso, sin contar, que aùn le falta vivir lo
màs duro de su historia: “La Gran Tribulaciòn”.
Estudiamos la vida de los
patriarcas, de los profetas; de Juan el Bautista; de los apóstoles y de Pablo;
y vemos que sufrieron persecuciones y hasta la muerte. Hoy, la doctrina de la
prosperidad es predicada “contradiciendo” la Palabra de Dios, hacièndoles creer
a muchas ovejas “tiernas”, que no van a sufrir por la razón de que Cristo ya
sufrió por nosotros (mal interpretando Isaìas 53 que es un mensaje espiritual y
no literal). El apóstol Pedro inspirado por el Espìritu de Dios nos advierte
que si no padecemos juntamente con Cristo, no tendremos participación en su
gloria (ver el verso de arriba). Pero lo que el apóstol predicaba no era nada
nuevo, pues el profeta Daniel, cerca de 700 años antes en 12:1 habìa
profetizado: “Y será, aquèl tiempo (ahora sabemos que ese “tiempo” se inicio en
la cruz y llega a nuestros días), será tiempo de angustia como nunca lo fue ni
lo será”. Y Cristo afirmò: “Seràn tiempos de tribulaciòn cual no la hubo nunca
desde la creaciòn” (Marcos 13:19). Preguntamos: ¿Serà que alguna exigencia,
reclamación o declaración nuestra, va cambiar lo profetizado, cuando Cristo profetizò
“Una Gran Tribulaciòn? ¿Cambiarà Dios
sus planes eternos por una declaración nuestra, cuando “ese” es el diseño para
limpiar y purificar a la Iglesia que será su esposa? (Efesios 5:27).
Señor: Danos un honesto celo
por tu casa.
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