“¿No ardìa nuestro corazón
dentro de nosotros mientras nos hablaba?”
(Lucas 24:32).
¡Cuàntas veces no nos hinca
la frustración, la decepción, la duda y el desànimo! Porque hemos estado a la
expectativa de algo, que muchas veces no llega pronto o quizás nunca llegarà. Tambièn
por esperar algo de alguien que nunca pensó en dárnoslo, o por hacernos una
ilusión sin base alguna.
Algo similar estaban
viviendo dos de los seguidores de Jesùs, que, al ver los acontecimientos y
poner sus ojos tan sòlo en las “expectativas”, iban de regreso a casa con el
ànimo por los suelos (tristes) por los acontecimientos, pues sus expectativas…
habían fallado (vea Lucas 24:17). Sus ojos hasta ese momento habían estado
“velados” (no poner atención completa a lo que sucede, verso 16). Uno de ellos
llamado Clèofas le dice, “irónicamente”, al extraño que se puso junto a ellos: ¿Acaso
eres tù, el “único” que no sabe lo que ha acontecido en los últimos días? Y ese extraño inicia a hablar de las escrituras
de una forma tan elocuente y vìvida, que hace que el corazón entristecido de
los discípulos “arda” nuevamente. ¿Què tenìan las palabras del extraño para hacer
transformar el corazón de esos dos decepcionados? Conocimiento, convicción,
quizàs, pero sobre todo tenìan el respaldo del espíritu amoroso de Dios (unciòn)
y ningún interés oculto (vea el verso 28-29). ¿”Conmovemos” el corazón de
quienes instruìmos como para que no fijen sus ojos en las expectativas o tan
sòlo los entretenemos?
Señor: Danos un honesto celo
por tu casa.
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