“Bebe el agua de tu propia cisterna”.
(Proverbios 5:15).
En las escrituras la palabra de Dios es comparada con
el agua natural que bebemos. Y aquí, las escrituras nos enseñan que debemos
“buscar” nosotros mismos los secretos de Dios.
No nos apartamos del hecho que aprendamos de lo que “otros”
estudian, porque entonces no tendría sentido que Dios hubiera establecido
maestros de la palabra (Efesios 4:11). Pero sí somos de quienes incitan a que
cada uno busquemos, en la presencia de Dios, qué es lo que él desea enseñarnos
personal e íntimamente. Al profeta Jeremías le fue “revelada” ésta verdad,
veamos: Jeremías 33:3: “Clama a mí, y yo te responderé, y… te enseñaré
cosas grandes y ocultas que tú no conoces”. En otra porción (Salmo 34:21 y 1ª
Pedro 3:12) nos muestra que sus ojos están sobre aquellos que le buscan y su
buena intención sobre ellos. Como vemos, Dios quiere “mostrarse a nosotros” y
quiere que descubramos sus secretos, pero no los vamos a encontrar si solamente
nos quedamos con lo que “otros” nos enseñan. Una de las lecciones que nos deja
la vida de nuestro padre Abraham, es el hecho que él se mantenía cavando pozos
de agua a donde llegaba y también nos dice que hacía altares. Meternos
diariamente al aposento alto con nuestro Dios, es para nosotros “cavar pozos y
levantar altares”, y será allí, en donde él nos hablará sus secretos. No
debiéramos reunimos con los hermanos en la fé para ser “instruidos” sino más
bien para “confirmar”, o en todo caso, “complementar” lo que Dios ya nos ha
enseñado en la intimidad. Eso nos hará ser dependientes de Dios y no de un
hombre.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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