jueves, 8 de marzo de 2018

El infierno (Parte dos).




“Y esta es la vida eterna…”
(Juan 17:3).

¿Luego de ver el estado del rico y de Lázaro, estamos conscientes que el infierno no es tan sólo una fábula lugareña o un método de amedrentarnos?

Como vimos antes, para padecer los efectos del infierno no hace falta que muramos. En vida se pueden padecer los tormentos y el fuego del infierno, veamos: Los salmista lo describen en las siguientes frases: “En mi angustia clamé” (Salmo 4:1). “Mis ojos se han envejecido y gastado de tanto sufrir” (Salmo 6:7). “Jehová será refugio para el tiempo de angustia” (Salmo 9:9). “Aderezas mesa Señor, delante de mis angustiadores” (Salmo 23:5). “Me alegraré de tu misericordia, Señor, porque has visto mi alma angustiada” (Salmo 31:7). Es innegable que los hijos de Dios tenemos “angustias”, “sufrimos”, tenemos “angustiadores”, etc. Entonces, ¿Quién o por qué nos mienten haciéndonos creer “otra” doctrina (prosperidad y declaraciones) que se aleja de la cruz de Cristo? Solamente pueden haber dos motivos: el primero, sería por ignorancia de la palabra de Dios, que es lamentable pero tiene solución, pues si se es humilde Dios dará la gracia para el conocimiento. Y la segunda, son intereses personales oscuros, que esa si es triste pues se hace con conocimiento de causa y con malas intenciones. Entendamos, cualquier angustia, cualquier pena, cualquier situación que nos quite la paz y el sueño… se convierten en nuestro infierno.

Señor: Danos un honesto celo por tu casa.


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