“Confía en el Señor de todo corazón”
(Proverbios 3:5).
Si algo es bueno en el ser humano es tener confianza,
en Dios, en sí mismo y en otras personas, pero, como todo en la vida
(exceptuando en Dios) debemos evitar los extremos. La falta de confianza nos
vuelve “inseguros”, que es malo: pero el exceso “intrépidos”, que es peor.
Un exceso de confianza en sí mismo es peligroso, pues
si emprendemos algo sin tomar en cuenta a Dios y llegamos a triunfar, el punto
es que la próxima vez tampoco acudiremos a él, pues nuestra confianza estará
sobre valuada, y llegaremos a pensar: ¿Para qué necesito a Dios?. Y, podemos
llegar a volverlo un “estilo de vida o un hábito… hasta que llegue el día en
que quizás en una solo decisión volvamos a estar como cuando empezamos, o peor.
Ahora bien, en el “muy” posible caso que fracasemos, podríamos llegar a pelear con Dios
echándole la culpa por no cuidarnos. Pero debemos entender algo: “Dios cuida a
quienes se dejan cuidar” (Salmo 55:22). Una lección que tendríamos que aprender
sería: ¡Confiemos todos nuestros actos a Dios! Lo cuál NO nos garantiza que
TODO lo que hagamos saldrá exitoso pero sí positivo, pues habrá paz en nuestro
corazón, y la fe y el entusiasmo por empezar de nuevo no decaerán en nosotros (Nahúm
1:7).
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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