“Y todo lo que hagáis,
hacedlo como para Dios”
(Colosenses 3:23).
¿De dónde nacen entonces
nuestras frustraciones cuando llegamos a mayores? Simplemente, como cuando
éramos niños: De “malas experiencias” y “falsas expectativas”. La frustración
acarrea consigo, como ya vimos: “tristeza, decepción y desilusión”.
Vamos por la vida simplemente
“creyendo” que las cosas van a salir como las planeamos; que vamos a encontrar
a la persona “perfecta”; que tenemos el poder o la capacidad para cambiar a la
persona o a las circunstancias; “suponemos” que va suceder tal o cuál
situación, o, ponemos nuestra ilusión en que las otras personas “adivinarán” lo
que necesitamos o queremos…pero que NO sucede. En resumidas cuentas: “mala
información o falsas expectativas”. Por ello, en lo espiritual es tan dañina y
tan perversa (desde nuestro personal punto de vista: satánica) la doctrina de
la prosperidad, pues “hace creer” a quienes la practican, que con una simple
“declaración” Dios “tiene” que darnos lo
solicitado, así tenga él que cambiar sus planes. Es, como lo hemos aprendido, faltarle
el respeto a Dios al ponerlo a nuestras órdenes y caprichos en lugar de ponernos
nosotros a las órdenes de él. En Romanos 13, hablando de autoridades humanas,
se nos enseña que quien resiste a la autoridad… a Dios resiste. Ahora bien, ¿En
qué papel o posición quedamos entonces, cuando con una “declaración” pretendemos
desafiar nada más ni nada menos que la autoridad del mismo Dios, “declarando”
quizás lo contrario de lo que él planeó?
Señor: Danos un honesto celo
por tu casa.
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