“Pero él dejó el consejo de
los ancianos”.
(1° Reyes 12:6).
Al morir Salomón, Roboam (su
hijo), necesitó consejo para gobernar al pueblo de Israel, y se acercó a los
más ancianos para pedirlo, pero no le pareció bueno; así que, se acercó a sus
amigos más jóvenes quienes le dieron el consejo erróneo (1° Reyes 12:8).
¿Quién en ésta vida no tiene
un momento en el cuál necesite un consejo? Ahora bien, una situación es “pedir”
consejo y otra más es “saber” a quién pedirlo para poder seguirlo. Acaso el
ejemplo más clásico de esto lo vemos cuando alguien se enferma, si bien es
cierto que en cuanto nos enteramos un buen número de nosotros nos convertimos
en “médicos improvisados” y empezamos a recetar, también lo es, que todos preferimos
buscar el consejo de un médico. Eso es lo más correcto y lo más seguro. Bueno,
pues en lo espiritual debemos buscar lo mismo. Muchas personas en cuanto tienen
un problema se lo cuentan al primero que encuentran (eso es como consultar con
los más jóvenes); y, muy lógicamente ésta persona da “su mejor opinión al respecto”,
pero, esto no implica que sea el consejo “correcto”. Debemos buscar al “médico
espiritual” (el consejo de los ancianos espirituales), es decir, a una persona
cuyo testimonio de vida nos muestre que es una persona que está cerca y en
constante comunicación con Dios… pues él sí nos dará el “consejo de Dios”, no
una opinión personal.
Señor: Danos un honesto celo
por tu casa.
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