viernes, 16 de febrero de 2018

El costo del éxito.




“Todo lo que parece ganancia, lo consideré como pérdida”
(Filipenses 3:7).

El triunfo es distinto para unos que para otros. Para el que quiere tener bienes, posiciones y posesiones, el alcanzarlas es sinónimo de éxito. Para otros con tener lo suficiente para no pasar limitaciones y angustias nos es suficiente.

Pero, para alcanzar lo uno o lo otro, se tiene que pasar un proceso. Ese proceso implica no decaer de ánimo en los fracasos. Miremos por ejemplo al apóstol Pedro: Fue a éste apóstol a quien Cristo llamó, en un momento dado, “satanás”  ¿Por qué? Por “declarar” en contra de los planes de Dios (Mateo 16:23). Fue a éste apóstol a quien otro apóstol, Pablo, le reprendió cara a cara por actuar con “hipocresías” (Gálatas 2:11 y-12). Fue éste apóstol quien “negó” tres veces a Cristo a pesar de que ya estaba advertido por Cristo mismo (Mateo 26:34). Todos éstos actos representan en la vida del apóstol… “duros fracasos”. Pero, en su lucha por cambiar, veamos los éxitos alcanzados: En su primera prédica se convirtieron 3,000 israelitas de una “religión” a una “relación” con Dios (Hechos 2:41). Fue uno de los pocos en enterarse de muchos detalles del final de los tiempos (Marcos 13:3-4). Fue, también, uno de los tres testigos oculares de la gloria de Dios en la Transfiguración (Mateo 17:1-5). Ha sido el único hombre a más de Cristo, que ha caminado sobre el agua en toda la historia humana (Mateo 14:29). Pero ¿cómo pagó el precio de esos éxitos el apóstol? Fue encarcelado (Hechos 4:3). Tuvo que padecer el exílio (Mateo 26:31). Y, según cuenta la historia, pues no aparece en la biblia, murió crucificado. Ese fue su costo.

Señor: Danos un honesto celo por tu casa.




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