“Todo lo que parece ganancia, lo consideré como
pérdida”
(Filipenses 3:7).
El triunfo es distinto para unos que para otros. Para
el que quiere tener bienes, posiciones y posesiones, el alcanzarlas es sinónimo
de éxito. Para otros con tener lo suficiente para no pasar limitaciones y
angustias nos es suficiente.
Pero, para alcanzar lo uno o lo otro, se tiene que
pasar un proceso. Ese proceso implica no decaer de ánimo en los fracasos.
Miremos por ejemplo al apóstol Pedro: Fue a éste apóstol a quien Cristo llamó,
en un momento dado, “satanás” ¿Por qué?
Por “declarar” en contra de los planes de Dios (Mateo 16:23). Fue a éste
apóstol a quien otro apóstol, Pablo, le reprendió cara a cara por actuar con “hipocresías”
(Gálatas 2:11 y-12). Fue éste apóstol quien “negó” tres veces a Cristo a pesar
de que ya estaba advertido por Cristo mismo (Mateo 26:34). Todos éstos actos
representan en la vida del apóstol… “duros fracasos”. Pero, en su lucha por
cambiar, veamos los éxitos alcanzados: En su primera prédica se convirtieron
3,000 israelitas de una “religión” a una “relación” con Dios (Hechos 2:41). Fue
uno de los pocos en enterarse de muchos detalles del final de los tiempos
(Marcos 13:3-4). Fue, también, uno de los tres testigos oculares de la gloria
de Dios en la Transfiguración (Mateo 17:1-5). Ha sido el único hombre a más de
Cristo, que ha caminado sobre el agua en toda la historia humana (Mateo 14:29).
Pero ¿cómo pagó el precio de esos éxitos el apóstol? Fue encarcelado (Hechos
4:3). Tuvo que padecer el exílio (Mateo 26:31). Y, según cuenta la historia,
pues no aparece en la biblia, murió crucificado. Ese fue su costo.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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