“El alma que pecare esa morirá”.
(Ezequiel 18:4).
La sentencia de Dios fue: “El que peca, paga”, en
otras palabras: “Quien comete el error o el pecado es quien tiene que pagar las
consecuencias”.
Lamentablemente, las situaciones y las experiencias de
la vida hacen que esa “paga” se extienda a otros. Veamos dos ejemplos: Un
hombre “preso o esclavo” porque tiene problemas con el alcohol, pierde la vida,
y deja a toda una familia desamparada. La sentencia se cumple, quien abusó del
licor paga la pena con su vida, ya sea por una enfermedad, un accidente, etc.. Pero, la esposa queda con la carga familiar,
con niños que sacar adelante y con una situación material, muy difícil, algo
muy común en nuestro medio latinoamericano, en otras palabras: ellos también
cargan y pagan con las consecuencias (conocemos casos cercanos). Otro ejemplo,
una mujer en su juventud, se dedica a una vida promiscua (acostarse con varios
hombres), un día se regenera y recibe el perdón y el olvido de sus pecados por
parte de Dios… pero no así el de la sociedad (señalaron así y sin razón, a la
mismísima virgen María, Juan 8:41). La mujer promiscua queda señalada de por
vida como una mujer ligera de cascos, y, aún y cuando, su futuro esposo y sus
hijos no estén enterados de los deslices de su juventud, tarde o temprano corren
el riesgo que el asunto salga a luz, y será entonces cuando ella sea
avergonzada, pero también los otros pagarán las consecuencias. Tristemente, la
vida fue, es y será así. Lo seguiremos comprobando bíblicamente.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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