“Fue y se ahorcó”.
(Mateo 27:5).
La vida nos pone en situaciones que a veces nos
parecen extremas, tanto así, que quisiéramos “huir” de ellas a cualquier
precio. Muchos lo hacemos “apartándonos”; otros “batallando”, y los menos, a
Dios gracias… “quitándose la vida”.
Nosotros los creyentes, casi siempre caemos en una de
las dos primeras opciones, porque hay algo que olvidamos, la vida del creyente
es a diferencia de la del incrédulo: “Una permanente escuela de aprendizaje”.
Y, de la misma forma que nosotros no podemos asistir a la universidad y
quejarnos por los exámenes diciendo que allí llegamos para convertirnos en un
médico, un abogado o un ingeniero y no para pasar pruebas parciales o finales.
Así, de la misma forma, ninguno de nosotros podemos cruzar nuestro peregrinaje
cristiano quejándonos por las pruebas (pues son nuestros exámenes). Porque sólo
así podemos aspirar a la santidad (Santiago 1:2-3). Judas, cuando vió que el
“reino” de Dios no era de éste mundo (Juan 18:36) (Por cierto, prueba innegable
de que los que lo predican están compartiendo una herejía), “huyó”, desertando
de las filas de los apóstoles y vendiendo al Cristo; para luego, darse cuenta
de su error y cometer otro más grave, quitarse la vida (Mateo 27:5). Cada vez
que tratemos de “huir” de las pruebas que Dios nos envía (Job 1:21), o, si lo
preferimos decir de otra forma, de las “lecciones” del creyente, iremos
cometiendo peores errores hasta que Dios, en su misericordia nos haga volver al
camino verdadero o… lamentablemente muramos.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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