“El alma que pecare esa morirá”.
(Ezequiel 18:4).
“El que peca, paga”, en otras palabras: “Quien comete
el error o el pecado es quien tiene que pagar las consecuencias”.
Había en Galilea, una ciudad que se llamaba Magdala,
allí vivía una mujer llamada María, que se dedicaba a la prostitución. Un día
conoce al Cristo, no sólo se arrepiente y se convierte, sino que es una de sus
más fieles seguidoras junto a otras mujeres, que casualmente también se
llamaban Marías. A una le dicen María, “la madre” de Jacobo y de José; a otra,
María, “la madre” de los hijos de Zebedeo (Mateo 27:56); pero, a Magdalena la
llamaban y la conocemos como María, “la prostituta” (Lucas 7:39). Esta misma
María (Magdalena) fue quien ungió a Cristo en Betania, en casa de un tal Simón,
quien era, según se cree, fariseo, pero que padecía lepra. Pero curiosamente, y
para comprobar nuestra teoría, no se le conoce como Simón “el fariseo” sino
como Simón “el leproso” (Marcos 14:3). Juan y Jacobo, hijos de Zebedeo, hoy los
conocemos como los grandes apóstoles Juan y Jacobo, pero ellos eran de carácter
fuerte y violento, por ello en su tiempo la biblia nos dice que los marcaron
con el apodo de “boanerges” (hijos del trueno) (Marcos 3:17), para vergüenza de
sus padres y del grupo de apóstoles (Lucas 9:54). Así ha funcionado la vida y
así funciona aún. La Biblia nos dice la verdad: “Quien peca, paga”, pero
también es cierto: “que hay otros que también la pagan”.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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