“Dad gracias en
todo”
(1ª Tesalonicenses 5:18).
Un maestro en el Instituto Bíblico nos enseñó hace 30
años: “La gratitud, quizás no nos abra las puertas del cielo; pero, el no
tenerla seguro que nos las cierra”.
El apóstol Pablo nos exhorta en sus epístolas a los
Tesalonicenses, a que tengamos gratitud por lo que nos sucede. En la escuela
dominical se nos enseñó de niños: “Procura ver para abajo, pues las personas
que están con mayores dificultades, con mayores penas, con mayores necesidades
son más que las están arriba tuyo con mejores condiciones de vida”. Según
estadísticas de El Foro Económico Mundial, Oxfam, siete de cada diez hombres en el mundo no ganan lo suficiente
para mantener a sus familias. Francisco de Quevedo, uno de los primeros e insignes poetas españoles de
1,500, hizo una gran declaración acerca de la gratitud: “El agradecimiento, es
la parte principal de un hombre de bien” (un hombre de bien no puede ni debe
explotar a sus trabajadores). En otro sentido, no conocemos ni por asomo la
gratitud, cuando creemos que lo que recibimos es menos de lo que merecemos. Y,
en lo espiritual “toda” persona que está al frente de un Ministerio de Dios,
debiera practicar y enseñar que guardemos gratitud por lo que “Dios” y “otras
personas” han hecho por nosotros (Job 1:21). ¡Señor, bendice a todo aquél que
en su momento nos extendió la mano!
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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