“Si oyèreis hoy mi vos, entonces serèis mi pueblo”.
(Deuteronomio 28:1).
Nadie puede acatar una
orden; hacer bien un trabajo, o, ir por la senda correcta si no “escucha” las
instrucciones. Conocimos hace muchos años a un hombre que no querìa escuchar de
Dios, vivìa bajo el régimen de “hacer lo que bien le parecía”; pecaba, se
arrepentía, se confesaba y volvìa al pecado. Su insatisfacción por la vida era
evidente. ¿Por què? Porque no querìa escuchar, pues Dios le mandaba personas
desde su juventud para que le hablaran del evangelio, pero èl las rechazaba.
Hoy, en muchas
congregaciones nos està pasando lo mismo… Dios envía persona tras persona a
hablarnos, pero seguimos viviendo en el tiempo de los jueces, ¡No escuchando y
haciendo lo que bien nos parece! Respiramos de satisfacción y tranquilidad cada
vez que “despachamos” a alguien “no afìn” a nuestras causas, sin sospechar, que
acaso acabamos dejar ir la última de las llamadas de nuestro Señor. Y con
profunda pena, quienes están fuera ven la evidente insatisfacción en la que
vivimos, menos nosotros (Hechos 9:15). ¡Señor, perdónanos porque no sabemos lo
que hacemos!
Señor: Danos un honesto celo
por tu casa.
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