lunes, 17 de julio de 2017

¡La Cruz… Su dulce trato! (Parte dos).


“El que NO toma su cruz y me sigue… no es digno de mì”
(Mateo 10:38).

El Imperio Romano sacaba sus esclavos de todos los pueblos conquistados, el cristianismo no se oponía al sistema de esclavitud abiertamente (Efesios 6:5), pero sì de una forma implícita al hablar de libertad (2ª Corintios 3:17).

Esto hacìa de la fe una “enemiga” del Imperio. ¿Què implicaba eso? Bueno, pues que cualquier grupo de personas que “expuestamente” predicara la fe era enemiga del estado. Por lo tanto, era perseguido hasta la muerte por un grupo de sicarios de la guardia romana. No hace falta entonces explicar el gran error que nos enseñaron de niños acerca de que “alguna” Iglesia ha mantenido sus puertas abiertas desde Cristo hasta nuestros días, puesto que la historia muestra clara e irrefutablemente que, “de todos esos creyentes” (en ninguna parte del vasto imperio), en esos obscuros 175 años desde la destrucción del Templo hasta Constantino, NADIE podía proclamar su fe abiertamente, fuera judío o romano. Fue el emperador Constantino quien lo decretò en el 325, y fue èl, quien le diò un poder casi absoluto y una inmensa riqueza al Obispo de Roma.

Señor: Danos un honesto celo por tu casa.


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