viernes, 14 de julio de 2017

¡La Cruz… Su dulce trato! (Parte uno).


“El que NO toma su cruz y me sigue… no es digno de mì”
(Mateo 10:38).

Corrìan los años 135-150 de nuestra era, y pocos cristianos habían quedado en Jerusalèn debido a la gran Diàspora o huida en el 70 por la destrucción del Templo. Sin embargo, se habìa formado un buen número de creyentes, que, bajo el liderazgo de Shimòn Bar Kojba se revela al Imperio Romano dominante en la zona para luchar por reconquistar Jerusalèn.

Lamentablemente por no ser hombres de guerra sufren una gran derrota, al extremo que su líder muere en el intento. Nace de allì, la definitiva Diàspora del pueblo creyente (Nehemìas 1:9). Por los próximos 175 años tendrán que vivir en cuevas, catacumbas, bosques y cuanto lugar recóndito puedan, pues simplemente quien se identifique como “creyente”… morirà. Sin embargo, la gente arriesgaba su vida por estar presente en los cultos y el evangelio de la cruz crecía y se multiplicaba. Todo culto debía hacerse en el màs grande de los silencios, y, con la màs absoluta discreciòn… contrastante con las “escandalosas fiestas” en que hoy hemos convertido los nuestros. En el año 325 el emperador Constantino, decreta el cristianismo oficialmente y emite un edicto en el cuàl ya no sería perseguida la gente que quisiera practicar la fe. ¿Se ha preguntado usted alguna vez, por què, hoy, que vivimos bajo un régimen de libertad de cultos, la gente YA NO QUIERE ASISTIR A LAS IGLESIAS, mucho menos arriesgarìa su vida por ir a un culto?

Señor: Danos un honesto celo por tu casa.




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