“El que NO toma su cruz y me
sigue… no es digno de mì”
(Mateo 10:38).
Corrìan los años 135-150 de
nuestra era, y pocos cristianos habían quedado en Jerusalèn debido a la gran Diàspora
o huida en el 70 por la destrucción del Templo. Sin embargo, se habìa formado
un buen número de creyentes, que, bajo el liderazgo de Shimòn Bar Kojba se
revela al Imperio Romano dominante en la zona para luchar por reconquistar
Jerusalèn.
Lamentablemente por no ser
hombres de guerra sufren una gran derrota, al extremo que su líder muere en el
intento. Nace de allì, la definitiva Diàspora del pueblo creyente (Nehemìas
1:9). Por los próximos 175 años tendrán que vivir en cuevas, catacumbas,
bosques y cuanto lugar recóndito puedan, pues simplemente quien se identifique
como “creyente”… morirà. Sin embargo, la gente arriesgaba su vida por estar
presente en los cultos y el evangelio de la cruz crecía y se multiplicaba. Todo
culto debía hacerse en el màs grande de los silencios, y, con la màs absoluta
discreciòn… contrastante con las “escandalosas fiestas” en que hoy hemos
convertido los nuestros. En el año 325 el emperador Constantino, decreta el
cristianismo oficialmente y emite un edicto en el cuàl ya no sería perseguida
la gente que quisiera practicar la fe. ¿Se ha preguntado usted alguna vez, por
què, hoy, que vivimos bajo un régimen de libertad de cultos, la gente YA NO
QUIERE ASISTIR A LAS IGLESIAS, mucho menos arriesgarìa su vida por ir a un
culto?
Señor: Danos un honesto celo
por tu casa.
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