""Con mi ejemplo les he demostrado que es necesario trabajar duro".
(Hechos 20:35).
Todos sabemos que las ùltimas palabras de una persona que està por morir son quizàs reflejo de su vida, de sus experiencias, de sus deseos... especialmente de èstos, sus ùltimos deseos. Siempre hemos pensado que el evangelio de Juan en su capìtulo 17, son el testamento de Cristo. Aquì, en Hechos 20, creemos ver el testamento de Pablo. Cristo pidiò porque todos sus seguidores estèn en donde èl iba a estar; Pablo nos dice el por què hemos de trabajar.
Todos trabajamos porque queremos estar bien o queremos estar mejor, eso no tiene nada de malo, pero, no es todo el sentido que Dios tiene para el trabajo del hombre. Trabajamos primeramente porque es un mandato de Dios, por lo tanto el que no trabaja ya està mal delante de Dios pues es una persona desobediente. En un segundo tèrmino trabajamos porque el que no trabaja dice la ley de Dios, entonces que no coma, pues si come lo està haciendo a costillas del que sì trabaja. En un tercer plano trabajamos, como expresamos antes, porque queremos estar bien o mejor, lo cuàl no es para nada censurable. Pero, el apòstol Pablo antes de ir a Jerusalèn sabiendo que le esperaba la muerte, en la despedida de la iglesia de Efeso les dice: "No he codiciado ni su plata ni su oro ni siquiera la ropa de nadie. Ustedes mismos saben que èstos ùltimos tres años (verso 31), èstas manos (las propias) se han ocupado de mis propias necesidades y de las de mis compañeros... con mi ejemplo les he demostrado que preciso trabajar duro para AYUDAR a los necesitados" (versos 33-35 de Hechos 20). En otras palabras, el apòstol Pablo nos dice que: "Luego de llenar nuestro cìrculo econòmico familiar el dinero que nos sobra, no es para deleite nuestro sino para ayudar a los necesitados". Pablo, jamàs fue una carga para sus discìpulos, el ùnico tiempo en que fue sostenido fue cuando estuvo preso que no podìa trabajar. Y por ello les dice a los ancianos de la iglesia de Efeso: "Tengan cuidado de sì mismos, por cuanto ustedes fueron puestos como obispos por el Espìritu Santo". Conclusiòn: Ser ministro de Dios no es un juego... ¡Estas, creemos, fueron las ùltimas palabras del apòstol Pablo!
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