"¿De quièn son los lamentos, los pesares, los pleitos, las quejas, las heridas gratuitas y los ojos amoratados?
(Proverbios 23:29-30).
La respuesta a todas esas preguntas es: "Del que no suelta la botella de vino ni deja de probar licores".
Para los que alguna vez fuimos esclavos de ese vicio, sabemos que màs que una advertencia es una sentencia, pues no hay persona a la que le guste estar ebria que no haya pasado por alguna de esas circunstancias, de las cuales sòlo podemos salir de la mano de Dios. El exceso en el uso del licor fue durante mucho tiempo patrimonio del hombre, pero hoy en dìa, debido a la famosa y nefasta liberaciòn femenina, la cantidad de mujeres que son adictas a bebidas espirituosas como le llaman, ha aumentado tremendamente. Las razones por las cuales las personas se inclinan a la bebida son muy distintas: traiciones, frutraciones, decepciones, tristezas, crisis nerviosas, etc. pero los resultados son los mismos, y, muchas veces terminan en tragedia. No hay alcòholico o alcoholica que no lamente el dìa anterior; que no tenga pesar por lo que hizo o dijo; que no haya tenido un pleito por imprudencia; que no tenga quejas de algùn tipo; que no haya resultado herido o herida sin necesidad alguna, y que màs de alguna vez no haya resultado con ojo amoratado por una discusiòn tonta y sin sentido. La biblia nos exhorta a que nos mantengamos sobrios y tengamos nuestra esperanza en Cristo Jesùs (1ª Pedro 1:13), y que lo hagamos con la unciòn del Espìritu Santo por la Palabra de Dios (Efesios 5:18).
No hay comentarios:
Publicar un comentario