jueves, 27 de abril de 2017

El hambre… mala consejera.

“Señor, no me des ni riqueza ni pobreza”
(Proverbios 30:8).

De nuestros abuelos aprendimos que el hambre es mala consejera, pues en momentos de crisis el hombre puede llegar a perder su “dignidad” y la mujer su “pureza”. Dios desea que su pueblo tenga lo necesario, pero existen ocasiones en las cuales por errores personales o por pruebas que èl manda, sus hijos entramos en limitaciones. Son momentos en que en el único lugar seguro es buscar cobijo en el Señor con el objeto de oìr què es lo que desea que hagamos.

Quizàs el ejemplo icónico de còmo no debemos tomar decisiones unipersonales en momentos asì, es Abraham, quien decidió bajar a Egipto (símbolo de recurrir a métodos mundanos para salir de las penas) por su propia cuenta (Gènesis 12:10) sin consultar con Dios, y lo único que logró fue exponer a Sara material y espiritualmente. Uno de los flagelos del final de los tiempos nos enseñò Jesùs, es que habrá “gran hambre” en toda la tierra (Marcos 13:8), y serán momentos en los que necesitaremos personas “entendidas en los tiempos” para que ellas nos guièn en el nombre de Dios. Esas personas son un “remanente” que Dios tiene escondido para la ocasión, y que, en su momento serán manifestados (Romanos 8:19). Ellos son los “hijos maduros” (Huios de Dios). Y nos corresponde como hijos pequeñitos (Teknones) o como jóvenes (Neaniskos) (1ª Juan 1:12-13), estar expectantes para identificarlos y acudir a ellos para ser guardados.  

Señor: Danos un honesto celo por tu casa.


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