Y hay en Jerusalén un
estanque”
(Juan 5:2).
Hay aún, en Jerusalén, un
estanque llamado Betesda, en el cuál en tiempos de Cristo era visitado por un
ángel. Y, cuando éste movía las aguas sanaba al primero que tocara las mismas.
Había también un enfermo quien yacía allí desde hacía 38 años. El necesitaba
estar sano, él quería estar sano… pero simplemente no podía buscar su sanación ni
había quién le ayudara (Juan 5:7). Para entrar al estanque había cinco puertas.
Un día Cristo entró, pudo hacerlo por cualquiera otra de las cuatro restantes,
pero él fue guiado por el Espíritu a entrar por la puerta en donde estaba el
enfermo. Eso nos prueba que no es por méritos propios sino por “elección divina”
la solución a nuestros problemas (Juan 5:2). Es por ello que no debemos creer en
la doctrina de la “declaración de la prosperidad”, sino tan sólo pedir, esperar
y confiar en él (Mateo 7:7). Todo cuanto nos sucede, cómo nos sucede, cuándo
nos sucede, por qué nos sucede y especialmente para qué nos sucede, es SU
elección no la nuestra. Las soluciones del hombre son lentas y pasajeras, las
de Dios instantáneas y duraderas, pero, en SU tiempo (Juan 5:9).
Señor: Danos un honesto celo
por tu casa.
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