“Y le era necesario”
(Juan 4:4).
Israel estaba dividido en
tres grandes regiones, al norte, Galilea; al centro Samaria; y al sur, Judea.
Los samaritanos no eran bien queridos por el resto de la población, por
conflictos en la reconstrucción del templo en el siglo sexto A.C. Así, cuando
alguien de Judea o de Galilea necesitaba cruzar el territorio, lo rodeaba
pasando por Perea, al otro lado del río Jordán. Un día, Nuestro Señor
Jesucristo les dice a los discípulos: “me es necesario” pasar a Samaria (Juan
4:4). Allí es narrada la historia de la mujer samaritana, aquella que había
tenido relaciones íntimas con cinco hombres que NO eran sus maridos y con el
que en ese tiempo se encontraba teniéndolas… tampoco lo era (Juan 4:17-18).
Nuestro Señor tiene una pequeña charla con ella, en donde se lo hace ver, y eso
fue suficiente para que ella abriera sus ojos y se diera cuenta con quién
estaba hablando (Juan 4:29). Así, ella va y cuenta en la ciudad lo que había
vivido, y “muchos” de los samaritanos creyeron (Juan 4:39). Así, lo que no
habían aprobado ni entendido los discípulos les fue evidente. Muchas veces no
entendemos el por qué de lo que nos sucede, pero con el tiempo se nos hace
evidente que era “necesario” que así fuera.
Señor: Danos un honesto celo
por tu casa.
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