“No
reprendas con dureza al anciano, sino aconséjalo como si fuera tu padre”.
(1ª
Timoteo 5:1).
Si
no tenemos de cerca una relación personal, diaria e ìntima con Dios, no
podremos comprender còmo el Espìritu de Dios se mueve entre sus filas; es màs,
muchas veces ni siquiera quienes tenemos esa intimidad diaria con Dios lo
entendemos. La oración diaria y disciplinada en un aposento propio es la que
nos va abriendo nuestro entendimiento para hacer lo que tenemos que hacer, y
para decir lo que tenemos que decir, aùn y cuando en ocasiones erremos. Es la
forma como el yo de la carne, va cediendo terreno al yo del espíritu.
Asì,
uno de los puntos en los que es bastante difícil discernir el Espìritu, es en
la corrección a los mayores. En lo secular es complicado ya no digamos hacerlo
en lo espiritual. La escritura nos enseña còmo hacer la corrección a los padres
o ancianos. Corregir viene de la palabra griega “epiplesso” que significa
“reprender”. Ahora bien, asì como las escrituras nos enseñan que no sòlo
podemos sino que también tenemos todo el derecho y la obligaciòn de “reprender
o corregir” a nuestros padres o ancianos, también es cierto que nos llama a “no”
hacerlo con “dureza o falta de respeto”. Sino que lo hagamos con amor, con cuidado
y sobre todo sin ofender su dignidad. A un padre o anciano no se le regaña, se
le habla en forma de consejo; a un padre o anciano no se le avergüenza, se le
habla en privado; a un padre o anciano no se le expone, se le guarda. Asì es la
forma como Dios desea que, cuando sea necesario, oportuno y sobre todo
autorizado por èl, corrijamos a nuestros padres o ancianos. Quedarnos callados
cuando vemos errores en nuestros padres o ancianos es peligroso tanto para la familia
natural como para la espiritual, pues todos tomamos ejemplo de nuestros
superiores, o peor aùn, seguimos las directrices que ellos nos muestran. Dura
tarea es èsta, pero si se hace con la guía y aprobación de Dios funciona. Ahora
bien, debemos entender que nosotros también somos padres o ancianos dentro de
los nuestros, y que por lo tanto, no podemos ni debemos tomar como una falta de
respeto la correcciòn, pues de lo contrario
seremos corregidos por Dios, pero en ese caso nos traerà mucho màs oprobio. Con
razón el Apòstol Santiago también advierte: “No os hagáis maestros muchos de
vosotros”.
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