“Tendrè
clemencia de quien YO quiera; serè compasivo con quien YO quiera”.
(Romanos
9:15).
Un
hombre tiene un hijo, un nieto y un amigo. Al morir deja un testamento en el
cuàl deja su finca al hijo; su casa al nieto, y una cuenta de banco a su amigo.
¿Quièn puede refutar ante cualquier persona, familiar, amigo o autoridad… dicha
voluntad? Nadie. Pues era y es, la voluntad del testamentario.
Dios
envió a su Unigènito Hijo a morir por los pecados de los hombres y en su
testamento dejó escrito que: La “elección” de quiènes iban a recibir ese
beneficio no dependìa de ningún ser humano sino solamente de èl, preguntamos:
¿Si un testamento humano no se puede refutar, quièn, entonces, puede o quiere
refutar el del Hijo de Dios?. El Apòstol Pablo lo explica de la siguiente
manera: “Asì que Dios tiene misericordia de quien èl quiere tenerla, y endurece
a quien èl quiere endurecer” (Romanos 9:18). Y para quienes no entienden o no
quieren entender sigue explicando: “¿Quièn puede oponerse a su voluntad? (verso
19); ¿Quièn eres tù para pedirle cuentas a Dios? (verso 20); y remata el asunto
disertando: ¿No tiene derecho el alfarero de hacer del mismo barro unas vasijas
para usos especiales y otras para fines ordinarios? (verso 21). Y por si alguien
aùn piensa que Dios es o actùa con cierta injusticia, el Apòstol cierra su
discurso de la siguiente manera: “Què indescifrables son sus juicios e
impenetrables sus caminos” (verso 11:33).
Un
ser clemente, es aquèl que es “considerado” en aplicar el castigo hacia otra
persona; y, compasivo, es aquèl que siente “tristeza” por el sufrimiento ajeno.
Eso y nada màs que eso es lo que Dios hace con sus hijos.
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