“Porque èste mundo en su
forma actual, està por desaparecer”.
(1ª Corintios 7:31).
El profeta mayor, Isaìas, en
el capìtulo 66 y verso 16 cerca de 700 años antes de Cristo, nos anunciaba la
destrucción del mundo tal y como lo conocemos hoy, pero ya no por medio de agua
sino por medio de fuego, como lo hiciera con Sodoma y Gomorra.
Muchos son hoy los
predicadores que hablan acerca del final de los tiempos, y casi ninguno les
cree. Es comprensible que la gente del mundo no lo haga porque està afanada en
sus quehaceres diarios, pero lo delicado es que hay creyentes que tampoco lo
creen. El Apòstol Pablo, anunciaba también que el juicio a la tierra estaba
cerca, y, como han pasado otros 2000 años desde que lo dijo y sigue sin suceder,
entonces se tiende a pensar que no sucederà. Si algo tenemos que tener claro es
que los tiempos del hombre no son los tiempos de Dios. Primero que todo hemos
de entender que el tiempo solamente existe para el hombre y no para Dios, pues el
tiempo es definido espiritualmente como un pequeño paréntesis entre dos
eternidades. Luego, hemos de entender que la eternidad no la podemos definir,
pues es un tiempo infinito antes de nosotros y otro tiempo infinito después de
nosotros. Ahora bien, como decíamos, solamente porque no ha sucedido no quiere
decir que no sucederà, y no debemos olvidar la exhortación que el Apòstol hizo
en su momento: “Lo que quiero decir, hermanos, es que nos queda poco tiempo”.
Imagìnese usted que si el Apòstol decía hace 2000 años que quedaba poco tiempo,
cuànto podrá quedarnos hoy. Por lo tanto, la única forma que tenemos de redimir
nuestro tiempo es pasando todos los momentos que podamos a los pies de Cristo,
para que nos haga saber què quiere, còmo lo quiere y en dònde lo quiere, y
pedir gracia para obedecerle lo màs pronto posible.
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