“Jesùs volvió a gritar con
fuerza, y entregò su espíritu”.
(Mateo 27:50).
Bíblicamente un Pacto se
sella con sangre. El Antiguo Pacto se sellò con la sangre de animales (Gènesis
15:10), y como los animales son imperfectos entonces el sacrificio también lo
era, por ello había que repetirlo constantemente. Pero el sello del Nuevo Pacto,
ya no es con sangre de animales sino con la sangre del Hijo de Dios, nuestro
Señor Jesucristo, quien por su perfecciòn lo hizo una sola vez y es vàlido para
siempre (vea Hebreos 7:22 y 27).
Ahora bien, jurídicamente,
cuando un testador hace un testamento, para que el heredero pueda pasar de ser
heredero a propietario y poder disponer de los bienes el testador debe morir.
Al momento en que el testador muere “inmedia o instantàneamente” el heredero se
convierte en el nuevo poseedor del bien. Relacionando èsto con los Pactos de la
Biblia tenemos entonces que, el Antiguo Pacto o La Ley de Moisès fue vàlida
desde el Monte Sinaì, en donde la recibió Moisès (vea Exodo 19:1-3) ) hasta la
muerte de Cristo, el testador del Nuevo Pacto (vea Romanos 10:4 y Hebreos 8:1,7
y 13). Ahora bien, vamos al punto, en el año 33 Cristo es vìctima de una
conspiración religioso-polìtica por parte de la clase sacerdotal por haber
resucitado a Làzaro (historia que podemos leer completa en Juan 11:43-53),
momento en el cuàl se decreta su persecuciòn y muerte, lo cual sucede.
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