“Donde
està el Espìritu de Dios, hay libertad”
(2ª
Corintios 3:17).
Debido
a las atrocidades que se vieron en la Segunda Guerra Mundial por el partido
Nazi de Adolfo Hitler, la Organizaciòn de las Naciones Unidas decidió,
terminada èsta, tomar cartas en el asunto para que los derechos de ningún otro
pueblo fueran vulnerados al grado que lo fueron los del pueblo Judìo. Asì, en
diciembre de 1948, se decide hacer una reuniòn en la cuàl se declaran los que “debieran”
ser “Los Derechos Humanos”.
De
los 30 artìculos primeros el que nos interesa hoy es el número 1: “Todos los
seres humanos nacemos libres e iguales en dignidad y derechos”. En otras
palabras, ningún pueblo, como lo hacìan en la antigüedad, puede ni debe tratar
de subyugar a otro en ninguna manera, y, por consiguiente y lógica, ningún ser
humano puede o debe hacer lo mismo con sus semejantes. Lamentablemente, vemos
horrorizados e impotentes que los pueblos grandes siguen subyugando a los
pueblos pequeños, solamente que ahora de una manera màs sofisticada, pues lo
hacen con manipuleos económicos, conspiraciones políticas y en casos extremos
manipulando fuerzas internas. Sin embargo, hay una esperanza, pues Dios ha
prometido a todos aquellos que crean en el sacrificio de su Hijo, que donde
ellos estèn su Santo Espìritu les darà libertad (no libertinaje) no importando
las circunstancias. Que los hijos de Dios pasaràn casi los mismos problemas o
dificultades que los impíos, es cierto, pero la diferencia es que al igual que
en el caso de Noè, quien también pasò el Diluvio como todo el mundo, ellos
estarán viendo la mano de Dios en medio de la tormenta.
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