“Es
necesario que por muchas tribulaciones entremos al reino de los cielos”
(Hechos
14:22).
Sabemos
de tantas personas que en el ardor de la fe declaran: “Es que mi mejor deseo es
ya dejar èstas cargas materiales y dedicarme a predicar la palabra de Dios,
Dios sabe que ese es el deseo de mi corazón”. Ahora bien, preguntamos ¿Practica
un mèdico la medicina oficialmente sin haber ganado sus estudios? ¿Puede un
abogado firmar una escritura legal sin haber obtenido el título?
En
lo personal hemos denominado a la doctrina de paz, poder y prosperidad como
satánica, reconocemos que Dios desea lo mejor y tiene lo mejor para sus hijos,
pero todo tiene un precio, y la doctrina de paz, poder y prosperidad descarta pagar
ese precio. Una persona no puede ni debe dedicarse a predicar la palabra de
Dios sin cumplir con varias características: Primero, tener un llamamiento (que
es palpable en nuestra vida pues es como un fuego interno que no nos permite
pensar en hacer otra actividad); segundo, si antes no ha podido sobrellevar las
cargas, las penas, las angustias y las limitaciones materiales. Dios nunca va a
utilizar personas que no han sido “probadas y aprobadas”. El sufrimiento o el
padecimiento son parte del “pensum” del creyente. Si no soportamos las pequeñas
cargas de èste mundo, no estaremos capacitados para sobrellevar las
espirituales que son màs pesadas. Cuando pensamos en palabras de exhortación,
pensamos en palabras bonitas, adornadas, positivas, pero, mire usted còmo el
Apòstol Pablo “exhorta” a seguir adelante, no a simples y sencillos creyentes,
sino a los “discípulos”: “Es necesario, que por muchas tribulaciones entremos
en el reino de Dios”. ¿Estàmos atribulados? Si es asì, y nuestro deseo ardiente
es predicar el evangelio… entonces vamos por buen camino.
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